27 abril 2008

Escribiendo una tesis ...

El lector de este blog debe preguntarse si le ha pasado algo al autor, ya que han pasado ya 5 meses desde que se publicó el último post. Nada grave ha pasado, simplemente, el último año de doctorado está siendo más exigente de lo que había previsto en un principio. La verdad es que me duele mucho no poder escribir, porqué no me faltan ganas, pero creo que es importante que aproveche bien el poco tiempo libre que tengo para descansar y airearme. Francamente, todavía no se lo que me espera después del doctorado, pero espero que, haga lo que haga, tenga fuerzas renovadas y tiempo suficiente para continuar. Estad atentos.

13 noviembre 2007

La impredecible sensibilidad del clima

Blogging on Peer-Reviewed ResearchSon muchos los equipos de científicos que compiten incansablemente para obtener un dato que parece vital para preparar la lucha contra el calentamiento global: ¿cuánto subirá la temperatura media global si doblamos la concentración de CO2 en la atmósfera? Lo que estos científicos no se imaginan es que esta búsqueda ya no tiene sentido.

Esto es lo que Gerard H. Roe y Marcia B. Baker, dos científicos de la universidad de Whashington, en Seattle, afirman en su último artículo aparecido en la revista Science [1].

La sensibilidad del clima es una métrica muy usada en las investigaciones climatológicas. Esta se define cómo la diferencia de temperatura entre el clima actual y el clima que habría después de la estabilización del sistema al duplicar la concentración de CO2 en la atmósfera. Esta métrica no es una previsión, porqué la estabilización del sistema se produciría en un tiempo infinitamente largo. Según el último informe del IPCC, el panel intergubernamental establecido por Naciones Unidas para estudiar el cambio climático, la sensibilidad del clima se encuentra, probablemente, en un rango entre 2 y 4.5 °C, pero hay que tomar con cuidado este dato ya que es muy difícil establecer el límite superior del rango.

En general, se ha argumentado que esta dificultad tiene diversas causas, tales como las incertidumbres en la comprensión de los procesos físicos individuales (por ejemplo, aquellos relacionados con las nubes), las interacciones complejas entre los procesos o la naturaleza turbulenta de la atmósfera.

Pero Roe y Baker muestran que el problema es de naturaleza más fundamental. Muestran, que la dificultad en estimar el límite superior de la sensibilidad del clima radica en que las pequeñas incertidumbres en las retroacciones (feedbacks) provocan que la incertidumbre en la sensibilidad se vea amplificada siguiendo una distribución asimétrica como la de la figura (eje vertical).

Intentar reducir las incertidumbres en las grandes retroacciones no es suficiente, ya que, en la escala de tiempo implicada, las pequeñas incertidumbres se reforzarán lo suficiente como para hacer que el esfuerzo sea en vano. Así, es el propio funcionamiento del sistema lo que nos impide conocer bien la sensibilidad del clima; no solamente nuestra ignorancia. En consecuencia, los avances en el conocimiento del funcionamiento del sistema climático no se traducirán en una reducción de la incertidumbre sobre la sensibilidad del clima.

Lo interesante es preguntarse en qué se traduce esto a la hora de tomar decisiones sobre las emisiones de carbono. Hemos visto que, a largo término, no es posible conocer si el aumento de temperatura provocado por una duplicación de la concentración de carbono será, por ejemplo, de 4 o de 6 °C. La consecuencia es que, con esta información, parece difícil justificar una decisión que podría conllevar consecuencias económicas importantes.

Es por ello que, en otro artículo [2] publicado en el mismo número de Science, Myles R. Allen y David J. Frame, de la Universidad de Oxford, proponen mirar el problema de otra manera: En lugar de preguntarse cuál será el impacto sobre la temperatura de una duplicación de la concentración de CO2 en un tiempo infinitamente lejano (la sensibilidad), sería mejor indagar cual sería la concentración necesaria para que la temperatura subiera, por ejemplo, 2°C. Los autores argumentan que tal estrategia no padecería los problemas de incertidumbre que tiene la sensibilidad.

Este nuevo punto de vista permitiría establecer una política de toma de decisiones adaptativa. En lugar de fijar, ahora mismo y para siempre, un objetivo de concentración de carbono atmosférico, el cual tendría consecuencias inciertas sobre la temperatura, fijaríamos un objetivo de cambio de temperatura e iríamos adaptando las emisiones en función del impacto sobre la temperatura que estas hayan tenido en el pasado.

Pero, no es el detalle de los desarrollos matemáticos lo que más nos interesa. Lo importante es que una métrica que ha jugado un rol muy importante en el debate científico (la sensibilidad), no tiene sentido a la hora de tomar decisiones. Los científicos operan en un marco conceptual muy diferente del marco del decision maker. Por esta razón, es importante que toda persona que tenga que tomar decisiones que puedan tener algún impacto sobre el clima, esté bien informada sobre el proceso científico. Es esta labor de información, uno de los objetivos principales TemaTerra.

[1] Gerard H. Roe and Marcia B. Baker, “Why Is Climate Sensitivity So Unpredictable?,” Science 318, no. 5850 (October 26, 2007). [pdf]

[2] Myles R. Allen and David J. Frame, “ATMOSPHERE: Call Off the Quest,” Science 318, no. 5850 (October 26, 2007),

02 noviembre 2007

Bloggers for Peer-Reviewed Research Reporting

El objetivo de TemaTerra es informar sobre las ciencias de la Tierra de manera clara y rigurosa. La idea es que el lector pueda satisfacer su curiosidad lejos del ruido mediático relacionado con el cambio climático. Para ello, la mayoría de artículos del blog se basan en investigación publicada en la literatura científica y que ha pasado el test de la revisión por pares (peer review). En estos casos, se usará el icono propuesto por Bloggers for Peer-Reviewed Research Reporting, de manera que siempre quedará bien claro cuando se trata de punto de vista propio o el resultado de un trabajo de investigación científica.

01 noviembre 2007

Viajando a Terra Incognita

Blogging on Peer-Reviewed Research Mucho se ha escrito y se escribe sobre el cambio climático en multitud de lugares, pero poco se comenta sobre números. ¿Aumentan o disminuyen las emisiones? ¿Que parte de estas quedan en la atmósfera? ¿Qué rol juegan el océano y la biosfera continental? ¿Hacia dónde viajamos?.

La evolución de la concentración de carbono (C) en la atmósfera depende del equilibrio entre las emisiones de origen humano y la capacidad que tienen la biosfera continental (la vegetación terrestre) y los océanos de absorber o emitir carbono. Las emisiones de carbono dependen de la actividad económica y de la cantidad de carbono que se necesita emitir para mantener esta actividad. La capacidad de los océanos y de la biosfera continental para absorber o emitir carbono depende de factores humanos, por ejemplo el cambio de los usos de los suelos, y de factures naturales: variabilidad propia del sistema, retroacciones, etc.

¿Cual es el estado actual de todos estos procesos? La realidad es que, segun un artículo [1] publicado la semana pasada en los Proceedings of the National Academy of Sciences , en los últimos años ha habido cambios importantes, por un lado las emisiones siguen aumentando año tras año, siendo el ritmo cada vez más fuerte, por el otro, la capacidad del sistema climático para eliminar este carbono de la atmósfera ha disminuido.

En el año 2006, la concentración de carbono atmosférico era de 381 ppm (partes por millón), al inicio de la revolución industrial era de 280 ppm. Lo preocupante es que el ritmo de aumentación de las emisiones está también aumentado, siendo el de 2006, el mas fuerte desde el año en que se empezaron a tomar medidas (1959). Así, tenemos las concentraciones de carbono más altas de los últimos 650.000 años (y probablemente de los últimos 20 millones de años) y seguramente nunca hemos emitido tanto carbono como en 2006.

Veamos a que se deben estos aumentos.

En primer lugar, la actividad económica se ha intensificado, en segundo lugar, estamos emitiendo más carbono por unidad de actividad económica que en los tres decenios que van de el año 70 hasta el año 2000. Este dato es preocupante: a escala planetaria, nuestra dependencia del carbono va en aumento, lo que indica que los esfuerzos actuales no están dando frutos.

Otro dato preocupante es que el planeta está eliminando menos carbono de la atmósfera que antes. Durante el período que va del año 2000 hasta el 2006 la proporción de carbono emitido que quedó en la atmósfera fue del 45%, el resto fue absorbido por el océano (24%) y por las superficies continentales (30%), pero la parte de carbono absorbida por los sumideros naturales está disminuyendo a un ritmo de un 0.25% por año, lo que resulta en que un 35% del aumento de las emisiones entre los años 1970-1999 y 2000-2006 fue causado por la disminución de la eficiencia de estos sumideros.

Sabemos que el aumento de la concentración de carbono en la atmósfera es uno de los motores de cambio del clima (no es el único). Sin duda, este cambio tendrá consecuencias económicas, las cuales desconocemos en la actualidad. Con el aumento actual de la concentración de carbono en la atmósfera aceleramos el viaje hacia terreno desconocido. Abrochense el cinturón, pongan los asientos en posición vertical y mantengan la mesa plegada. Buen viaje.

1. Josep G. Canadell et al., “Contributions to accelerating atmospheric CO2 growth from economic activity, carbon intensity, and efficiency of natural sinks,” Proceedings of the National Academy of Sciences (October 25, 2007): 0702737104, http://www.pnas.org/cgi/content/abstract/0702737104v1.

30 octubre 2007

Una mirada a la modelización en hidrología

Blogging on Peer-Reviewed Research En dos de las últimas entradas de este blog he hecho una introducción a la modelización y he comentado sus limitaciones. Hoy discutiré sobre dos artículos de hidrología aparecidos recientemente, que analizan el estado de la modelización en este campo.

Una de las aplicaciones de la hidrología es la construcción de modelos para predecir el caudal de un río. El caso típico es construir una herramienta que, a partir del estado pasado de una cuenca y una estimación de la precipitación futura, produzca una previsión útil del caudal de un río. Este tipo de modelos se usan principalmente para proteger a la población, para gestionar los recursos hídricos o para gestionar infraestructuras hidráulicas.

A grandes rasgos, hay dos familias importantes de modelos. Por un lado, tenemos modelos llamados de "caja negra", que no pretenden comprender el sistema. Simplemente pretenden obtener una buena previsión de la forma más sencilla posible. Por el otro lado tenemos modelos llamados "físicos", cuyo mecanismo pretende emular los procesos que se producen en la cuenca. Estos últimos utilizan complicadas ecuaciones que explican los movimientos de agua, los intercambios energéticos, las interacciones del suelo con la atmósfera, el rol de la vegetación, etc. En teoría, los modelos físicos deberían ser mucho más potentes puesto que, al intentar representar fielmente los procesos, podrían dar una imagen mucho más completa del sistema que no se limita a la simple previsión del caudal. Por ejemplo, un modelo de caja negra difícilmente podría simular el caudal de una cuenca para la que no haya medidas de caudal. Sin embargo, un modelo físico sí que debería producir resultados con sentido, ya que el desconocimiento del caudal en el pasado no es una limitación, si se conocen las características fisiográficas de la cuenca, es decir, el tipo de suelo, el tipo de vegetación, la topografía, etc. . O al menos, esto es lo que se proponen muchos modelizadores.


Imagen obtenida de ESIP


Sin embargo, la realidad es tozuda y los modelos físicos no han dado el resultado esperado. Esto ha provocado que muchos hidrólogos se pregunten qué es lo que está pasando en su profesión. Para ejemplificar este debate he elegido dos artículos, más o menos recientes, aparecidos en journals del campo. Ambos artículos comentan temas similares pero el de James W. Kirchner (Getting the right answers for the right reasons) se centra más en los problemas de base teórica, mientras que el de Vazken Andréassian y sus coautores, titulado "What is really undermining hydrologic science today", aborda principalmente problemas de carácter metodológico. Como pueden ver, los títulos de los artículos demuestran cierto estado de inquietud.

Kirchner comenta que los llamados modelos físicos no son tan físicos como sus autores pretenden ya que, debido a múltiples limitaciones, se ven abocados a tratar algunos procesos empíricamente mediante la introducción de parámetros. Los valores de estos parámetros no pueden ser obtenidos a partir de observaciones, bien porque es difícil tomar datos de esas magnitudes, bien porque los parámetros realmente no representan una cantidad física medible. Esto significa que, finalmente, siempre hay que incurrir en algún tipo de calibración. Calibrar el modelo consiste en encontrar los valores de los parámetros que permiten al modelo acercarse más a los valores observados de alguna variable. Claro está que, al calibrar el modelo lo forzamos a dar buenos resultados, no a representar bien el sistema, y por consiguiente, no podemos nunca estar seguros de que el modelo esté reproduciendo correctamente el proceso que simula. De hecho, Kirchner destaca que "cuando estos modelos son calibrados con datos de un intervalo temporal, suelen proporcionar peores resultados cuando se prueban con datos de otro período de tiempo con diferentes características de precipitación". Así, vemos que el modelo calibrado no suele ser suficientemente robusto como para reproducir correctamente datos que no se han usado en la calibración.

Kirchner destaca otro problema importante: el cambio de escala. Los modelos físicos dividen la cuenca en unidades de cálculo. Así, por ejemplo, un modelo puede dividir una cuenca en cuadrados de 2 km x 2 km. De esta manera, el modelo aplica ecuaciones propias de la física del suelo, que se obtuvieron analizando datos a la escala del centímetro, sobre un "punto gordo" de la escala del kilómetro. Al hacer esto se supone que las ecuaciones continuarán reproduciendo bien los procesos pese al cambio de escala. Esta hipótesis es bastante fuerte y no está exenta de problemas. Kirchner propone que se construyan nuevos juegos de ecuaciones capaces de representar los procesos a la misma escala a la que se aplican en los modelos, evitando así las suposiciones difíciles de defender.

Este debate sobre la escala no es únicamente propio de la hidrología. En física se creyó que encontrando las ecuaciones que rigen lo más pequeño se obtendría una ecuación universal que describiría todo el universo. Nunca ha sido así. En la física actual hay ecuaciones para cada escala, desde la física cuántica hasta la relatividad, pasando por la física clásica, por no hablar de la ahora famosa nanoescala. Un modelo termodinámico no usará las ecuaciones de la cuántica sino que le bastará con las ecuaciones clásicas de la termodinamica, puesto que éstas son capaces de describir los procesos a la escala que se estudia.

En el segundo artículo comentado Andréassian y sus coautores tratan problemas similares, pero de forma todavía mas crítica con la profesión. Ellos se preguntan por qué los usuarios de los modelos hidrológicos, es decir, los que usan los modelos para la toma de decisiones, están perdiendo la confianza en los científicos que desarrollan los modelos. Para responder a la pregunta apuntan dos causas principales. La primera es que los modelos han sido sistemáticamente sobre-valorados por sus propios creadores. Creen que los precedimientos de validación deben ser más estrictos y estandarizados y que se debe terminar con la tendencia a esconder los casos difíciles. La segunda causa que apuntan es que en su opinión la investigación en hidrología ha ido coleccionando sellos, se han realizado estudios individuales sobre cuencas específicas, en lugar de buscar soluciones genéricas válidas para el mayor número de cuencas posible. Sostienen que los hidrólogos han creído que sus modelos eran tan buenos, que se han olvidado de obtener datos y de evaluar críticamente su trabajo. Este último punto, coinciden plenamente con lo que afirma Kirchner: al hacer modelos cada vez más complejos basados en ecuaciones ya existentes, se han descuidado las mediciones experimentales sobre el terreno (in-situ), las cuales deberían utilizarse como base para obtener nuevas aproximaciones más adecuadas. Parece que en hidrología se ha preferido la comodidad del laboratorio caliente y la taza de té a la dureza de las medidas de campo.

La discusión precedente ha tomado ejemplos de modelización en hidrología. Problemas muy similares se plantean en otras ramas de las ciencias de la tierra. Significa esto que se desdeña el papel de los modelos? No, en absoluto. Los modelos son extremadamente útiles, pero hay que utilizarlos con precaución. Sería importante conseguir que los modelos dejaran de ser en si mismos un fin de la investigación y fueran simplemente una herramienta más. Sería bueno que en todos los campos en que se hace uso de la modelización se desarrollara un espíritu crítico y métodos adecuados para evaluar de forma objetiva el buen funcionamiento de tales herramientas. La tarea es difícil, pero no imposible. Desde mi punto de vista, una de las mayores dificultades reside en el modo en que se financia la ciencia, pero éste es otro tema que daría para unos cuantos tomos.

1. James W. Kirchner, “Getting the right answers for the right reasons: Linking measurements, analyses, and models to advance the science of hydrology,” Water Resources Research 42 (March 18, 2006): W03S04, http://www.agu.org/pubs/crossref/2006/2005WR004362.shtml.

2. Julien Lerat Vazken Andréassian, “What is really undermining hydrologic science today,” Hydrological Processes 21, no. 20 (2007): 2819-2822, http://dx.doi.org/10.1002/hyp.6854.